Un placer muy culpable.
Gracias al artículo que se le consagra en Badmovies, he descubierto Sextette, una curiosísima encarnación del cine bizarro. Es la adaptación de una de las obras de Mae West trasladada al año 78 y con un reparto lleno de eminencias como Ringo Starr, Keith Moon y Alice Cooper. Ahora se ha acomodado en el estatus de película de culto para amantes del ridículo. Si meto aquí esta tremenda escena musical, es debido a las siguientes razones:
-Timothy Dalton me cae muy bien. Todavía no sé si es un buen actor y su filmografía a partir de los 90 no ayuda gran cosa a llevarse una buena impresión, pero uno es así de caprichoso.
-Mae West, por supuesto, también se me hace muy simpática.
-Al menos en el terreno estético, hay que defender las equivocaciones cuando se afrontan sin miedo. Esta escena es una metedura de pata hasta el fondo, pero cabe admitir que, dentro del error, hay algún destello de sublimidad que haría las delicias de Vicisitud y Sordidez. La octogenaria Mae West derritiéndose de deseo, los ojillos de Timothy Dalton cuando le muestra la pulsera con la que va a conquistarla -viva el machismo-, la decoración un punto más allá de la horterada...
-La canción, muestra de un estilo popero eurovisivo que hizo furor en los 70, me chifla. Algún día la usaré para declararme.
Dalton aprendió de su personaje a ser un amante desprejuiciado. Durante los 80 vivió una relación con Vanessa Redgrave, ocho años mayor, lo cual no era precisamente habitual en esa época. Y yo le alabo el gusto, por cierto.
Aquí la letra de Captain & Tennille. Compárenla con las prudentes modificaciones que canta el joven pretendiente en la tercera estrofa:
Love, love will keep us together
Think of me babe whenever
Some sweet talking girl comes along singing her song
Don't mess around,
You gotta be strong
Just Stop [stop], 'cause I really love You
Stop [stop], I'll be thinking of you
Look in my heart and let love keep us together.
You, You belong to me now
Ain't gonna set you free now
When those girls start hanging around talking me down
Hear with your heart and you won't hear a sound
Just Stop [stop], 'cause I really love you
Stop [stop], I'll be thinking of you
Look in my heart and let love keep us together, what ever.
Young and beautiful
Someday your looks will be gone
When the others turn you off
Who'll be turning you on.
I will, I will, I will, I will
Be there to share forever
Love will keep us together
Said it before and I'll say it again while others pretend
I'll need you now and I'll need you then
Stop 'cause I really love Ya
Stop I'll be thinking of Ya
Look in my heart and let love keep us together.
martes, 13 de noviembre de 2007
¿Ha llegado el momento?
Por Félix de Azúa. Se muestra favorable a la realización de un referéndum sobre la independencia de Cataluña. Es interesante comparar las condiciones propuestas por el autor con la doctrina quebequesa. Publicado en El País el 12 de noviembre de 2007.
Sí, es cierto, la ciudad es ahora un verdadero caos, pero no sólo por los trenes de cercanías. En realidad las cercanías hace decenios que fueron abandonadas por la Generalitat. Cualquier habitante de los múltiples suburbios, pueblos y urbanizaciones que rodean Barcelona puede contar historias terroríficas sobre la conexión con la capital. Esto no es Múnich, ni Milán, ni Toulouse. La Generalitat, obsesionada con sus agonías ideológicas, ha hecho muy poco para que los ciudadanos puedan vivir cómodamente cerca de la capital. En cambio, el resto del territorio, los pueblos y ciudades secundarias, han experimentado un incremento de calidad muy notable. La vieja política de Pujol fue siempre desarrollar todo lo que no fuera Barcelona y reducir la capital, tan híbrida, tan forastera, tan poco nacional, a una ciudad de provincias. Ahora ya es tarde. Cualquiera sabía desde hace años que la vieja ciudad burguesa diseñada para cien familias por las cien familias, era una caja de bombones con aroma belga. Sin embargo, aquellos que osaban decirlo eran inmediatamente tachados de la lista de seres humanos e incluidos en la de enemigos del Régimen. No es fácil ser sincero en este país.
El caos ha traído una exacerbación de la angustia; el fracaso, un incremento de la sensación de impotencia. Nunca como antes los grupos de energúmenos se habían sentido tan justificados y protegidos. Actúan con la convicción de que nadie va a reconvenirles o amonestarles. Su proyecto es crear un ambiente lo más similar posible al del País Vasco, aunque sin mancharse de sangre. Las balas, de momento, sólo se incrustan en fotografías. La táctica pujolista de echar la culpa de todo a los españoles sigue dando frutos. Hace unos días, el anciano político decía que nunca el odio de los españoles contra los catalanes había sido tan fuerte. "Ni en tiempos de Franco", añadía. Era una opinión pasmosa que lleva a preguntarse qué medios de comunicación lee, qué radios oye, qué televisiones mira Jordi Pujol. La exacerbación, la histeria, a veces llamada "crispación", hace mella en los más resentidos. Su hijo, Pujol Ferrusola, que ha heredado la jefatura ideológica del partido (éste sigue siendo un país de empresa familiar), declaraba casi el mismo día que todo nacionalista es independentista "si le queda alguna neurona". No obstante, con lógica daliniana, cuando le preguntaron si creía que Cataluña sería independiente algún día respondió: "No". En todo caso, que Convergencia sea ahora un partido independentista significa un cambio notable en los proyectos de las clases medias y acomodadas de Cataluña, siempre mansas con sus representantes.
La situación se ha estancado en un punto tedioso. Como escribía el notario López Burniol en estas mismas páginas a principios de noviembre, ha llegado el momento de hablar abiertamente con la población sobre la independencia. Lleva toda la razón. No creo que quede otra salida. De una parte, la población está hastiada del despilfarro gigantesco que se comete con la excusa de la "identidad" en detrimento de la vida real; otros ya no pueden soportar más sermones y broncas por no parecer sobradamente catalanes según el modelo de las elites; por fin hay una minoría que se angustia frente a un discurso agotado y teme caer en el abismo. Por esta razón, un partido conservador, católico y burgués como Convergència, ha optado por la vía adolescente. El partido converge hacia Ibarretxe. Ahora son separatistas, aunque mantengan los eufemismos habituales: confederación, asimetría, autodeterminación, soberanismo.El notario López Burniol escribía en su artículo que el primer paso a dar es el de consultar a la población vasca, catalana y gallega sobre este punto. Él añadía a los navarros no sé con qué finalidad, pero está bien, que se incluya quien lo desee. También en esto coincido con él. Sería de desear que se realizara esa consulta bajo un apelativo que justificara su legalidad, con todas las garantías posibles y mediante un periodo de explicación suficientemente largo. Por ejemplo, un año.
Durante ese año los separatistas nos explicarían cómo iba a ser la nueva nación, qué harían con aquellos que desearan seguir siendo españoles, cómo se resolverían los problemas prácticos (propiedades, comunicaciones, fiscalidad, etcétera), qué protección jurídica tendrían los excluidos o sus familias, y cuáles serían las ventajas de semejante paso. Por su lado, los partidarios de continuar con el Estado de las autonomías podrían defender su criterio sobre los efectos de poner fronteras al Ebro. La consulta debería realizarse con todas las garantías, claro está, entre las cuales hay una de difícil negociación: tanto si el resultado es negativo como si es positivo, debería considerarse irreversible.
Yo creo que una consulta semejante puede llevarse a cabo perfectamente en Cataluña y estoy, además, seguro del resultado. Excepto en un porcentaje que no debe de llegar ni al 20% de la población, no creo que ni siquiera los separatistas votaran por la independencia: les crearía problemas. Pero es cosa de averiguarlo. En cambio, dudo de que pudiera llevarse a cabo en el País Vasco. A pesar de los maullidos de Ibarretxe, en su autonomía no hay garantías democráticas para quienes no piensan como él. Mientras muchos de sus oponentes del PSV y del PP hayan de vivir con protección policial, mientras los desdichados políticos que habitan en pueblos con hegemonía fascista no puedan llevar una vida normal, es rigurosamente cínico (o malvado) plantear una consulta a lo Mugabe. Como dice el lehendakari, los vascos y las vascas tienen todo el derecho del mundo a elegir su futuro, por eso justamente lo primero que debería hacer su presidente es garantizarles que lo tienen y que no van a acabar con un tiro en la nuca, expulsados de sus hogares, o molidos a palos.
Desde la experiencia catalana, el discurso nacionalista está acabado, como muestra el continuo incremento de la abstención, y sólo queda el recurso populista a la independencia o la negociación para mantenerse dentro de la actual Constitución de una vez por todas. Prolongar la situación privilegiada de irresponsabilidad de los políticos catalanes sólo trae consigo un deterioro progresivo e imparable de las condiciones vitales de la población. Sobre todo, la del barcelonés, la región más nutrida por las sucesivas inmigraciones que han construido la actual Cataluña. Sin olvidar que de los siete millones de habitantes oficiales de la Comunidad, cuatro viven en ese entorno explotado por los especuladores, desestructurado por los nacionalistas, olvidado por todos los gobiernos y cuyo centro urbano se ha convertido en un campo de concentración del peor turismo europeo.
Como ha sucedido en Québec, donde los nacionalistas han perdido toda credibilidad, lo mejor es, en efecto, consultar a los ciudadanos. Pero dado que los nacionalistas catalanes y vascos no admiten que el resultado de las elecciones democráticas sea el referente de la opinión cívica mayoritaria, vayamos a la consulta popular. Y que gane el menos malo.
Sí, es cierto, la ciudad es ahora un verdadero caos, pero no sólo por los trenes de cercanías. En realidad las cercanías hace decenios que fueron abandonadas por la Generalitat. Cualquier habitante de los múltiples suburbios, pueblos y urbanizaciones que rodean Barcelona puede contar historias terroríficas sobre la conexión con la capital. Esto no es Múnich, ni Milán, ni Toulouse. La Generalitat, obsesionada con sus agonías ideológicas, ha hecho muy poco para que los ciudadanos puedan vivir cómodamente cerca de la capital. En cambio, el resto del territorio, los pueblos y ciudades secundarias, han experimentado un incremento de calidad muy notable. La vieja política de Pujol fue siempre desarrollar todo lo que no fuera Barcelona y reducir la capital, tan híbrida, tan forastera, tan poco nacional, a una ciudad de provincias. Ahora ya es tarde. Cualquiera sabía desde hace años que la vieja ciudad burguesa diseñada para cien familias por las cien familias, era una caja de bombones con aroma belga. Sin embargo, aquellos que osaban decirlo eran inmediatamente tachados de la lista de seres humanos e incluidos en la de enemigos del Régimen. No es fácil ser sincero en este país.
El caos ha traído una exacerbación de la angustia; el fracaso, un incremento de la sensación de impotencia. Nunca como antes los grupos de energúmenos se habían sentido tan justificados y protegidos. Actúan con la convicción de que nadie va a reconvenirles o amonestarles. Su proyecto es crear un ambiente lo más similar posible al del País Vasco, aunque sin mancharse de sangre. Las balas, de momento, sólo se incrustan en fotografías. La táctica pujolista de echar la culpa de todo a los españoles sigue dando frutos. Hace unos días, el anciano político decía que nunca el odio de los españoles contra los catalanes había sido tan fuerte. "Ni en tiempos de Franco", añadía. Era una opinión pasmosa que lleva a preguntarse qué medios de comunicación lee, qué radios oye, qué televisiones mira Jordi Pujol. La exacerbación, la histeria, a veces llamada "crispación", hace mella en los más resentidos. Su hijo, Pujol Ferrusola, que ha heredado la jefatura ideológica del partido (éste sigue siendo un país de empresa familiar), declaraba casi el mismo día que todo nacionalista es independentista "si le queda alguna neurona". No obstante, con lógica daliniana, cuando le preguntaron si creía que Cataluña sería independiente algún día respondió: "No". En todo caso, que Convergencia sea ahora un partido independentista significa un cambio notable en los proyectos de las clases medias y acomodadas de Cataluña, siempre mansas con sus representantes.
La situación se ha estancado en un punto tedioso. Como escribía el notario López Burniol en estas mismas páginas a principios de noviembre, ha llegado el momento de hablar abiertamente con la población sobre la independencia. Lleva toda la razón. No creo que quede otra salida. De una parte, la población está hastiada del despilfarro gigantesco que se comete con la excusa de la "identidad" en detrimento de la vida real; otros ya no pueden soportar más sermones y broncas por no parecer sobradamente catalanes según el modelo de las elites; por fin hay una minoría que se angustia frente a un discurso agotado y teme caer en el abismo. Por esta razón, un partido conservador, católico y burgués como Convergència, ha optado por la vía adolescente. El partido converge hacia Ibarretxe. Ahora son separatistas, aunque mantengan los eufemismos habituales: confederación, asimetría, autodeterminación, soberanismo.El notario López Burniol escribía en su artículo que el primer paso a dar es el de consultar a la población vasca, catalana y gallega sobre este punto. Él añadía a los navarros no sé con qué finalidad, pero está bien, que se incluya quien lo desee. También en esto coincido con él. Sería de desear que se realizara esa consulta bajo un apelativo que justificara su legalidad, con todas las garantías posibles y mediante un periodo de explicación suficientemente largo. Por ejemplo, un año.
Durante ese año los separatistas nos explicarían cómo iba a ser la nueva nación, qué harían con aquellos que desearan seguir siendo españoles, cómo se resolverían los problemas prácticos (propiedades, comunicaciones, fiscalidad, etcétera), qué protección jurídica tendrían los excluidos o sus familias, y cuáles serían las ventajas de semejante paso. Por su lado, los partidarios de continuar con el Estado de las autonomías podrían defender su criterio sobre los efectos de poner fronteras al Ebro. La consulta debería realizarse con todas las garantías, claro está, entre las cuales hay una de difícil negociación: tanto si el resultado es negativo como si es positivo, debería considerarse irreversible.
Yo creo que una consulta semejante puede llevarse a cabo perfectamente en Cataluña y estoy, además, seguro del resultado. Excepto en un porcentaje que no debe de llegar ni al 20% de la población, no creo que ni siquiera los separatistas votaran por la independencia: les crearía problemas. Pero es cosa de averiguarlo. En cambio, dudo de que pudiera llevarse a cabo en el País Vasco. A pesar de los maullidos de Ibarretxe, en su autonomía no hay garantías democráticas para quienes no piensan como él. Mientras muchos de sus oponentes del PSV y del PP hayan de vivir con protección policial, mientras los desdichados políticos que habitan en pueblos con hegemonía fascista no puedan llevar una vida normal, es rigurosamente cínico (o malvado) plantear una consulta a lo Mugabe. Como dice el lehendakari, los vascos y las vascas tienen todo el derecho del mundo a elegir su futuro, por eso justamente lo primero que debería hacer su presidente es garantizarles que lo tienen y que no van a acabar con un tiro en la nuca, expulsados de sus hogares, o molidos a palos.
Desde la experiencia catalana, el discurso nacionalista está acabado, como muestra el continuo incremento de la abstención, y sólo queda el recurso populista a la independencia o la negociación para mantenerse dentro de la actual Constitución de una vez por todas. Prolongar la situación privilegiada de irresponsabilidad de los políticos catalanes sólo trae consigo un deterioro progresivo e imparable de las condiciones vitales de la población. Sobre todo, la del barcelonés, la región más nutrida por las sucesivas inmigraciones que han construido la actual Cataluña. Sin olvidar que de los siete millones de habitantes oficiales de la Comunidad, cuatro viven en ese entorno explotado por los especuladores, desestructurado por los nacionalistas, olvidado por todos los gobiernos y cuyo centro urbano se ha convertido en un campo de concentración del peor turismo europeo.
Como ha sucedido en Québec, donde los nacionalistas han perdido toda credibilidad, lo mejor es, en efecto, consultar a los ciudadanos. Pero dado que los nacionalistas catalanes y vascos no admiten que el resultado de las elecciones democráticas sea el referente de la opinión cívica mayoritaria, vayamos a la consulta popular. Y que gane el menos malo.
viernes, 9 de noviembre de 2007
El ciudadano y la rosa
Por Francisco Sosa Wagner. Un artículo sobre la aparición de los nuevos partidos en el monótono paisaje político y el desencuentro entre UPyD y Ciudadanos. Publicado en El Mundo el 8 de noviembre de 2007.
A duras penas vemos cómo aparecen en el espacio político español nuevas ofertas que tratan de corregir las tradicionales, representadas por los partidos mayoritarios. No les va a ser fácil encontrar un hueco en los medios de comunicación para hacer llegar sus mensajes a los ciudadanos, porque suponen una novedad y todo sistema establecido es reacio a acogerlas en su seno. Me parece que es el profeta Mahoma quien asegura que «toda innovación es extravío» y a esta máxima parecen acogerse los actores que se mueven en el escenario donde se representa el juego democrático instaurado en España hace ya 30 años.
Tiene cierta gracia que, entre nosotros, pueda hablarse todavía de progresistas y conservadores en relación con los partidos políticos, cuando lo cierto es que los establecidos constituyen el ejemplo más acabado y sólido del conservadurismo, si por tal se entiende su vocación por conservar el poder así como el mecanismo electoral que les permite llegar a él y disfrutarlo. Cualquier perturbación les incomoda, como incomoda a todo burgués cualquier reivindicación que altere su digestión de individuo instalado y satisfecho.
Hemos llegado a una situación en la que, incluso quien acumule varias afecciones oculares, advertirá que la democracia en España ha sido literalmente secuestrada por los partidos políticos, que se han apropiado de ella y la tratan y manejan a su antojo, según lo imponen sus cambiantes caprichos. Podría afirmarse que nuestra democracia es una democracia adúltera, que ha abandonado a su legítimo cónyuge, que es el pueblo, para irse de jolgorio con los partidos mancillando así un pacto sagrado. Todo el supremo enredo al que estamos asistiendo relacionado con el Poder Judicial o el Tribunal Constitucional -enredo de comedia y no alta, sino de sainete con tintes de astracán- tiene su origen en el hecho de que los partidos políticos no se contentan con ejercer las sustanciosas funciones que les asigna el artículo 6 de la Constitución de 1978, sino que pretenden, además, manejar, por medio de un artilugio a distancia, el sistema nervioso de la justicia, haciéndola sierva de sus ocurrencias, humores y humoradas. Orillando todas las barreras convencionales y aun las buenas maneras. Esta actitud trastoca por completo el edificio de los poderes constitucionales, tal como han sido configurados por la ortodoxia jurídica, y es ocasión para que salte por los aires esa teoría política perfilada y sutil que es cabalmente la teoría democrática.
Pero a los partidos políticos tradicionales parece darles igual, convencidos como están de que lo importante es conseguir victorias, pequeños triunfos parciales, los que se obtienen en cada enfrentamiento, en cada esquina, armados con el trabuco de la intriga, frente a un rival convertido en hostis, aunque esas victorias lleven al deterioro irreversible del sistema y lo instale en el corazón de las tinieblas.
Liberar a la democracia del entramado diabólico de lianas que han ido tejiendo los partidos políticos y dotarla de nuevo de un aspecto elástico, fibroso y ágil, no es tarea de un fin de semana. Y no lo es precisamente por el carácter conservador de sus actores, engastados ya hoy en unos privilegios que les permiten saciarse en los pechos del poder y derramar en su entorno beneficios, prebendas y premios de análoga manera a como las derramaba el monarca absoluto: para asegurar lealtades y adhesiones.
Sin embargo, si no queremos convertirnos en estatuas o limitarnos a llorar en las puertas de los templos, se impone intentar al menos la transformación del tablero donde se juega el juego trucado. Y uno de los modos es abrir el abanico de las ofertas electorales, ampliando su espectro. Es decir, creando nuevas formaciones políticas. Nuevos partidos. Este es el empeño en el que se hallan embarcados algunos arrojados en el escenario español. Su actitud gallarda, con maneras que se atreven a desafiar la inmovilidad de las cosas, es un júbilo -en el que tintinean muchas alegres campanillas- para quienes creemos que el sistema democrático, porque está regado con los mejores fertilizantes, es capaz de limpiarse de adherencias indeseables y regenerarse.
El ejemplo alemán es bien elocuente: la irrupción de los verdes en el panorama político se produjo cuando un grupo de personas se percataron de que ni el partido socialdemócrata ni el cristiano demócrata o el liberal les representaba en sus planteamientos políticos que por supuesto nada tenían que ver con las monsergas de la identidad a la que tan dados somos por estos pagos, sino con cuestiones más concretas como la política fiscal, la de transportes o la de energía. En 1977 consiguieron los primeros concejales y en 1998 entraron triunfales en el Gobierno federal de Berlín de la mano de la socialdemocracia. Han remado en muchas singladuras y han servido para remover las aguas de la política alemana, ejerciendo además una influencia determinante en la renovación de las formaciones políticas tradicionales.
En España, me parece que no me equivoco si afirmo que las nuevas propuestas tienen todas ellas un denominador común: el deseo de limitar la influencia de los partidos políticos nacionalistas (especialmente, vascos y catalanes) en el Gobierno de España. La situación, por su evidencia, es bien conocida: una ley electoral, confeccionada cuando, después de habernos confesado los pecados del franquismo, estábamos cumpliendo la penitencia impuesta por las exigencias de la Transición, ha primado en las Cortes a tales formaciones. Y éstas han usado y abusado de su posición de dominio para condicionar a los gobiernos de España: a los que han sido, al que es, y -si no se remedia- al que será. Y lo han hecho abiertamente o envueltas en gemidos engañosos o en melindres de desdén.
Partidos que simplemente no creen en el Estado, pues algunos no se recatan en ocultar su vocación independentista -incluso la proclaman con descaro-, son los que han de ayudar a los partidos nacionales en su tarea de conducir y gobernar ese mismo Estado. Es decir, estamos autorizando a las lubinas a que redacten el reglamento de la piscifactoría. Un despropósito de dimensiones colosales.
Muchos somos por ello conscientes del gran trampantojo que se exhibe en nuestra fachada democrática. Ahora parece que tenemos la suerte de que unos pocos están dispuestos a contribuir a desmontar el engaño. Alegra porque justamente es la denuncia del engaño la tinta con la que siempre se ha escrito la historia del progreso.
Ocurre, sin embargo, que estos bien intencionados políticos, digámoslo claramente, las gentes de varios foros cívicos, las personas que se mueven en torno a los Ciudadanos de Cataluña o se han afiliado al partido de Fernando Savater y Rosa Díez, se nos presentan divididos y enfrentados por cuestiones que parecen bien secundarias y desde luego puramente nominales.
Gran lástima produce tal espectáculo y gran decepción para quienes seguimos sus movimientos con la esperanza de que logren agitar el panorama político, embalsamado en enredos sectarios y en ritos cómplices. Porque ese objetivo, el de descomponer el atrezzo de la escena española, sólo se logra con un racimo de diputados en las Cortes. Y, a su vez, esa presencia exige que se emita un mensaje nítido al votante resumido en la siguiente fórmula: vótenos para conseguir que los partidos nacionalistas dejen de condimentar todas las salsas de la política española. Así de simple. Me parece que poco más hay que discurrir en punto a líneas programáticas o banderas ideológicas.
Porque si, a las dificultades que el sistema político establecido vaya aparejando con los potentes medios a su alcance, se unen las derivadas de una carrera en solitario, ayuna de armonía o tintada por personalismos extemporáneos, los resultados serán catastróficos para los abanderados de tan noble causa y -lo que es fatal- para el tratamiento antiarrugas que reclama nuestro sistema democrático.
Es decir, nos quedaremos sin el ciudadano y sin la rosa.
A duras penas vemos cómo aparecen en el espacio político español nuevas ofertas que tratan de corregir las tradicionales, representadas por los partidos mayoritarios. No les va a ser fácil encontrar un hueco en los medios de comunicación para hacer llegar sus mensajes a los ciudadanos, porque suponen una novedad y todo sistema establecido es reacio a acogerlas en su seno. Me parece que es el profeta Mahoma quien asegura que «toda innovación es extravío» y a esta máxima parecen acogerse los actores que se mueven en el escenario donde se representa el juego democrático instaurado en España hace ya 30 años.
Tiene cierta gracia que, entre nosotros, pueda hablarse todavía de progresistas y conservadores en relación con los partidos políticos, cuando lo cierto es que los establecidos constituyen el ejemplo más acabado y sólido del conservadurismo, si por tal se entiende su vocación por conservar el poder así como el mecanismo electoral que les permite llegar a él y disfrutarlo. Cualquier perturbación les incomoda, como incomoda a todo burgués cualquier reivindicación que altere su digestión de individuo instalado y satisfecho.
Hemos llegado a una situación en la que, incluso quien acumule varias afecciones oculares, advertirá que la democracia en España ha sido literalmente secuestrada por los partidos políticos, que se han apropiado de ella y la tratan y manejan a su antojo, según lo imponen sus cambiantes caprichos. Podría afirmarse que nuestra democracia es una democracia adúltera, que ha abandonado a su legítimo cónyuge, que es el pueblo, para irse de jolgorio con los partidos mancillando así un pacto sagrado. Todo el supremo enredo al que estamos asistiendo relacionado con el Poder Judicial o el Tribunal Constitucional -enredo de comedia y no alta, sino de sainete con tintes de astracán- tiene su origen en el hecho de que los partidos políticos no se contentan con ejercer las sustanciosas funciones que les asigna el artículo 6 de la Constitución de 1978, sino que pretenden, además, manejar, por medio de un artilugio a distancia, el sistema nervioso de la justicia, haciéndola sierva de sus ocurrencias, humores y humoradas. Orillando todas las barreras convencionales y aun las buenas maneras. Esta actitud trastoca por completo el edificio de los poderes constitucionales, tal como han sido configurados por la ortodoxia jurídica, y es ocasión para que salte por los aires esa teoría política perfilada y sutil que es cabalmente la teoría democrática.
Pero a los partidos políticos tradicionales parece darles igual, convencidos como están de que lo importante es conseguir victorias, pequeños triunfos parciales, los que se obtienen en cada enfrentamiento, en cada esquina, armados con el trabuco de la intriga, frente a un rival convertido en hostis, aunque esas victorias lleven al deterioro irreversible del sistema y lo instale en el corazón de las tinieblas.
Liberar a la democracia del entramado diabólico de lianas que han ido tejiendo los partidos políticos y dotarla de nuevo de un aspecto elástico, fibroso y ágil, no es tarea de un fin de semana. Y no lo es precisamente por el carácter conservador de sus actores, engastados ya hoy en unos privilegios que les permiten saciarse en los pechos del poder y derramar en su entorno beneficios, prebendas y premios de análoga manera a como las derramaba el monarca absoluto: para asegurar lealtades y adhesiones.
Sin embargo, si no queremos convertirnos en estatuas o limitarnos a llorar en las puertas de los templos, se impone intentar al menos la transformación del tablero donde se juega el juego trucado. Y uno de los modos es abrir el abanico de las ofertas electorales, ampliando su espectro. Es decir, creando nuevas formaciones políticas. Nuevos partidos. Este es el empeño en el que se hallan embarcados algunos arrojados en el escenario español. Su actitud gallarda, con maneras que se atreven a desafiar la inmovilidad de las cosas, es un júbilo -en el que tintinean muchas alegres campanillas- para quienes creemos que el sistema democrático, porque está regado con los mejores fertilizantes, es capaz de limpiarse de adherencias indeseables y regenerarse.
El ejemplo alemán es bien elocuente: la irrupción de los verdes en el panorama político se produjo cuando un grupo de personas se percataron de que ni el partido socialdemócrata ni el cristiano demócrata o el liberal les representaba en sus planteamientos políticos que por supuesto nada tenían que ver con las monsergas de la identidad a la que tan dados somos por estos pagos, sino con cuestiones más concretas como la política fiscal, la de transportes o la de energía. En 1977 consiguieron los primeros concejales y en 1998 entraron triunfales en el Gobierno federal de Berlín de la mano de la socialdemocracia. Han remado en muchas singladuras y han servido para remover las aguas de la política alemana, ejerciendo además una influencia determinante en la renovación de las formaciones políticas tradicionales.
En España, me parece que no me equivoco si afirmo que las nuevas propuestas tienen todas ellas un denominador común: el deseo de limitar la influencia de los partidos políticos nacionalistas (especialmente, vascos y catalanes) en el Gobierno de España. La situación, por su evidencia, es bien conocida: una ley electoral, confeccionada cuando, después de habernos confesado los pecados del franquismo, estábamos cumpliendo la penitencia impuesta por las exigencias de la Transición, ha primado en las Cortes a tales formaciones. Y éstas han usado y abusado de su posición de dominio para condicionar a los gobiernos de España: a los que han sido, al que es, y -si no se remedia- al que será. Y lo han hecho abiertamente o envueltas en gemidos engañosos o en melindres de desdén.
Partidos que simplemente no creen en el Estado, pues algunos no se recatan en ocultar su vocación independentista -incluso la proclaman con descaro-, son los que han de ayudar a los partidos nacionales en su tarea de conducir y gobernar ese mismo Estado. Es decir, estamos autorizando a las lubinas a que redacten el reglamento de la piscifactoría. Un despropósito de dimensiones colosales.
Muchos somos por ello conscientes del gran trampantojo que se exhibe en nuestra fachada democrática. Ahora parece que tenemos la suerte de que unos pocos están dispuestos a contribuir a desmontar el engaño. Alegra porque justamente es la denuncia del engaño la tinta con la que siempre se ha escrito la historia del progreso.
Ocurre, sin embargo, que estos bien intencionados políticos, digámoslo claramente, las gentes de varios foros cívicos, las personas que se mueven en torno a los Ciudadanos de Cataluña o se han afiliado al partido de Fernando Savater y Rosa Díez, se nos presentan divididos y enfrentados por cuestiones que parecen bien secundarias y desde luego puramente nominales.
Gran lástima produce tal espectáculo y gran decepción para quienes seguimos sus movimientos con la esperanza de que logren agitar el panorama político, embalsamado en enredos sectarios y en ritos cómplices. Porque ese objetivo, el de descomponer el atrezzo de la escena española, sólo se logra con un racimo de diputados en las Cortes. Y, a su vez, esa presencia exige que se emita un mensaje nítido al votante resumido en la siguiente fórmula: vótenos para conseguir que los partidos nacionalistas dejen de condimentar todas las salsas de la política española. Así de simple. Me parece que poco más hay que discurrir en punto a líneas programáticas o banderas ideológicas.
Porque si, a las dificultades que el sistema político establecido vaya aparejando con los potentes medios a su alcance, se unen las derivadas de una carrera en solitario, ayuna de armonía o tintada por personalismos extemporáneos, los resultados serán catastróficos para los abanderados de tan noble causa y -lo que es fatal- para el tratamiento antiarrugas que reclama nuestro sistema democrático.
Es decir, nos quedaremos sin el ciudadano y sin la rosa.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Basque Inquisition:How Do You Say Shepherd in Euskera?
Por Keith Johnson. Lo reproduzco aquí por amor a la polémica. Antes de que el Gobierno Vasco se deje llevar por la indignación, debería aclarar si lo descrito en este artículo es cierto. Después discutiremos si es deseable. Publicado en The Wall Street Journal el 6 de noviembre de 2007.
Rosa Esquivias is caught on the front line of the Basques' fight for independence from Spain. Actually, she's in the front row -- of her Basque language class.
Ms. Esquivias, a 50-year-old high-school math teacher and Spanish-speaking native of Bilbao, must learn Basque or risk losing her job. Like her nine classmates, including a man who teaches Spanish to immigrants, she has been given at least a year off with pay to spend 25 hours a week drilling verbs and learning vocabulary in Euskera -- a language with no relation to any other European tongue and spoken by fewer than one million people. About 450 million people world-wide speak Spanish.
"For the job I do, I think learning the language is clearly over the top," Ms. Esquivias says.
Basque separatists have been waging a struggle for independence from Spain for 39 years. But lately, many have taken to wielding grammar instead of guns. Separatists still dream of creating their own homeland, but in the meantime they are experimenting with pushing a strict regime of Euskera into every corner of public life. Of the present-day Basque Country's approximately 2.1 million inhabitants, roughly 30% speak Basque; more than 95% speak Spanish.
The regional government of the Basque Country has begun to tighten the screws on its language policy to the point where now, all public employees, from mail-sorters to firemen, must learn Euskera to get -- or keep -- their jobs. Cops are pulled off the street to brush up their grammar. And companies doing business with the Basque government must conduct business in Euskera. Starting next year, students entering public school will be taught only in Basque.
Although there is a shortage of doctors in the Basque Country, the Basque health service requires medical personnel to speak Euskera. Health-service regulations detail how Euskera should be used in every medical situation, from patient consultations down to how to leave a phone message or make an announcement over a public-address system (Basque first, then Spanish). There are rules specifying the typeface and placement of Basque signs in hospitals (Basque labels on top or to the left, and always in bold).
The official goal of the Basque policy is to transform Euskera from a "co-official" status with Spanish to "co-equal" status. That, say Euskera proponents, is necessary to make up for years of linguistic repression. The language was banned during the 36-year dictatorship of Francisco Franco, and only began to re-emerge in the 1980s.
"To have a truly bilingual society, you need positive discrimination," says Mertxe Múgica, the head of the Basque language academies where Ms. Esquivias studies. Many Basque speakers still feel discriminated against because of the pervasiveness of Spanish.
But as Basque nationalists try to push their language into the mainstream, they are bumping up against an uncomfortable reality.
"Euskera just isn't used in real life," says Leopoldo Barrera, the head of the center-right Popular Party in the Basque regional Parliament. Though it has existed for thousands of years -- there are written records in Basque that predate Spanish -- it is an ancient language little suited to contemporary life. Euskera has no known relatives, though theories abound linking it to everything from Berber languages to Eskimo tongues.
Airport, science, Renaissance, democracy, government, and independence, for example, are all newly minted words with no roots in traditional Euskera: aireportu, zientzia, errenazimentu, demokrazia, gobernu, independentzia.
Meanwhile, there are 10 different words for shepherd, depending on the kind of animal. Astazain, for instance, is a donkey herder; urdain herds pigs. A cowpoke is behizain in Euskera. While Indo-European languages have similar roots for basic words like numbers -- three, drei, tres, trois -- counting in Euskera bears no relation: bat, bi, hiru, lau, and up to hamar, or 10. Religious Basques pray to Jainko.
The regional government has spent years of effort and billions of euros to make sure that every official document, from job applications for sanitation workers to European Union agricultural grants, is available in Euskera. But this year, in San Sebastian, a hotbed of Basque nationalism and the region's second-largest city, not a single person chose to take the driver's license exam in Euskera, says Mr. Barrera.
The Basque-language TV channel is loaded with Euskera favorites, such as the irrepressible redhead "Pippi Galtzaluze." But the channel has a 4.4% audience share in the Basque Country, according to data from Taylor Nelson Sofres -- less than the animal-documentary channel of public broadcasting.
Even some of the biggest proponents of Basque independence stumble over Euskera's convoluted grammar. Juan José Ibarretxe, the Basque regional president, speaks a less-than-fluent Euskera at news conferences. Like most people in the region, he grew up speaking Spanish and had to learn Euskera as an adult.
Other adults who are now running afoul of the new language policy are having similar trouble picking up the tongue. "I guess we're the last of the old guard, but we don't have any choice," says Ignacio Garcia, a math teacher who is a classmate of Ms. Esquivias, and is sweating over a stack of notes before his first big Euskera exam.
The language policy has led to a massive adult re-education push, as tens of thousands in the Basque Country head back to school. Their predicament has become a popular sendup on a Basque comedy show. In one sketch, non-Basque-speaking adults who have been sent to a euskaltegi, or Euskera language school, have to ask schoolchildren to help them with their homework.
Joseba Arregui, a former Basque culture secretary, native Basque speaker, and onetime architect of the language policy, feels that Euskera is being pushed too far. "It's just no good for everyday conversation," he says. "When a language is imposed, it is used less, and that creates a diabolical circle of imposition and backlash."
In the classroom, Euskera use has also allowed separatists to control the curriculum. Basque-language textbooks used in schools never tell students that the Basque Country is part of Spain, for example. No elementary-school texts even mention the word Spain.
Students are taught that they live in "Euskal Herria," stretching across parts of Spain and southern France, that was colonized by "the Spanish State."
Some local politicians worry that the insistence on Basque language makes any type of reconciliation between separatists and Spain impossible. "Everything young Basques later encounter in life -- like the fact they live in Spain -- then appears to be an imposition from Madrid," says Santiago Abascal, a regional deputy from the Popular Party who campaigns against the linguistic policy. "That creates frustration that keeps violence bubbling in the Basque Country," he says.
But back in the classroom, most of the frustration seems to be with the dense grammar, forthcoming exams, and the difficulty of finding quality shows on Basque TV.
Arantza Goikolea, Ms. Esquivias's teacher, leads a class through an exercise about their daily routines. Tamara Alende, 25, watches a lot of TV at night, she says in pidgin Euskera.
"Basque shows?" asks Ms. Goikolea. Ms. Alende lowers her head and turns red. "No, Spanish series," she mumbles, to a chorus of boos from the teacher and the rest of the class.
Write to Keith Johnson at keith.johnson@wsj.com
Corrections & Amplifications:
Spain's Basque Country, at its widest point, spans approximately 85 miles, or 136.8 kilometers. A map that accompanied a previous version of this article had an incorrect scale.
A previous version of this article contained several translation errors. The word for donkey herder is astazain, not ahuntzain; the word for pig herder is urdain, not artzain; and a cowboy is a behizain, not an urdain.
________________________________________________________________________________
GRAMMAR LESSONS
The Basque language, or Euskera, has no relationship to Indo-European languages, and has its own particular grammar. Some key differences with Spanish or English: There is no gender, or separate prepositions, and it is a heavily inflected language. The same noun phrase can have 68 basic forms, depending on case, number, etc.
Examples:
1. She bought me the tickets for the game.
Berak erosi zizkidan partidurako sarrerak.
-- Prepositions are included with word endings, as in Latin. The "-rako" ending of "game" means "for the."
-- "Berak" is the same whether "he" or "she" bought the tickets.
2. I told him not to drink it because it was too hot.
Nik ez edateko esan nion, oso bero zegoelako.
-- The "-k" marker is very characteristic of Euskera, used for plurals and direct objects.
-- "Elako" means "because" and goes at the end of "hot."
3. So in the end, are you going to the fiestas in Pamplona?
Azkenean joango zara iruñeko jaietara?
-- "Iruña" is Basque for "Pamplona," while "etara" means "to the (plural) fiestas."Source: WSJ research, AEK Euskaltegi (Bilbao)
Rosa Esquivias is caught on the front line of the Basques' fight for independence from Spain. Actually, she's in the front row -- of her Basque language class.
Ms. Esquivias, a 50-year-old high-school math teacher and Spanish-speaking native of Bilbao, must learn Basque or risk losing her job. Like her nine classmates, including a man who teaches Spanish to immigrants, she has been given at least a year off with pay to spend 25 hours a week drilling verbs and learning vocabulary in Euskera -- a language with no relation to any other European tongue and spoken by fewer than one million people. About 450 million people world-wide speak Spanish.
"For the job I do, I think learning the language is clearly over the top," Ms. Esquivias says.
Basque separatists have been waging a struggle for independence from Spain for 39 years. But lately, many have taken to wielding grammar instead of guns. Separatists still dream of creating their own homeland, but in the meantime they are experimenting with pushing a strict regime of Euskera into every corner of public life. Of the present-day Basque Country's approximately 2.1 million inhabitants, roughly 30% speak Basque; more than 95% speak Spanish.
The regional government of the Basque Country has begun to tighten the screws on its language policy to the point where now, all public employees, from mail-sorters to firemen, must learn Euskera to get -- or keep -- their jobs. Cops are pulled off the street to brush up their grammar. And companies doing business with the Basque government must conduct business in Euskera. Starting next year, students entering public school will be taught only in Basque.
Although there is a shortage of doctors in the Basque Country, the Basque health service requires medical personnel to speak Euskera. Health-service regulations detail how Euskera should be used in every medical situation, from patient consultations down to how to leave a phone message or make an announcement over a public-address system (Basque first, then Spanish). There are rules specifying the typeface and placement of Basque signs in hospitals (Basque labels on top or to the left, and always in bold).
The official goal of the Basque policy is to transform Euskera from a "co-official" status with Spanish to "co-equal" status. That, say Euskera proponents, is necessary to make up for years of linguistic repression. The language was banned during the 36-year dictatorship of Francisco Franco, and only began to re-emerge in the 1980s.
"To have a truly bilingual society, you need positive discrimination," says Mertxe Múgica, the head of the Basque language academies where Ms. Esquivias studies. Many Basque speakers still feel discriminated against because of the pervasiveness of Spanish.
But as Basque nationalists try to push their language into the mainstream, they are bumping up against an uncomfortable reality.
"Euskera just isn't used in real life," says Leopoldo Barrera, the head of the center-right Popular Party in the Basque regional Parliament. Though it has existed for thousands of years -- there are written records in Basque that predate Spanish -- it is an ancient language little suited to contemporary life. Euskera has no known relatives, though theories abound linking it to everything from Berber languages to Eskimo tongues.
Airport, science, Renaissance, democracy, government, and independence, for example, are all newly minted words with no roots in traditional Euskera: aireportu, zientzia, errenazimentu, demokrazia, gobernu, independentzia.
Meanwhile, there are 10 different words for shepherd, depending on the kind of animal. Astazain, for instance, is a donkey herder; urdain herds pigs. A cowpoke is behizain in Euskera. While Indo-European languages have similar roots for basic words like numbers -- three, drei, tres, trois -- counting in Euskera bears no relation: bat, bi, hiru, lau, and up to hamar, or 10. Religious Basques pray to Jainko.
The regional government has spent years of effort and billions of euros to make sure that every official document, from job applications for sanitation workers to European Union agricultural grants, is available in Euskera. But this year, in San Sebastian, a hotbed of Basque nationalism and the region's second-largest city, not a single person chose to take the driver's license exam in Euskera, says Mr. Barrera.
The Basque-language TV channel is loaded with Euskera favorites, such as the irrepressible redhead "Pippi Galtzaluze." But the channel has a 4.4% audience share in the Basque Country, according to data from Taylor Nelson Sofres -- less than the animal-documentary channel of public broadcasting.
Even some of the biggest proponents of Basque independence stumble over Euskera's convoluted grammar. Juan José Ibarretxe, the Basque regional president, speaks a less-than-fluent Euskera at news conferences. Like most people in the region, he grew up speaking Spanish and had to learn Euskera as an adult.
Other adults who are now running afoul of the new language policy are having similar trouble picking up the tongue. "I guess we're the last of the old guard, but we don't have any choice," says Ignacio Garcia, a math teacher who is a classmate of Ms. Esquivias, and is sweating over a stack of notes before his first big Euskera exam.
The language policy has led to a massive adult re-education push, as tens of thousands in the Basque Country head back to school. Their predicament has become a popular sendup on a Basque comedy show. In one sketch, non-Basque-speaking adults who have been sent to a euskaltegi, or Euskera language school, have to ask schoolchildren to help them with their homework.
Joseba Arregui, a former Basque culture secretary, native Basque speaker, and onetime architect of the language policy, feels that Euskera is being pushed too far. "It's just no good for everyday conversation," he says. "When a language is imposed, it is used less, and that creates a diabolical circle of imposition and backlash."
In the classroom, Euskera use has also allowed separatists to control the curriculum. Basque-language textbooks used in schools never tell students that the Basque Country is part of Spain, for example. No elementary-school texts even mention the word Spain.
Students are taught that they live in "Euskal Herria," stretching across parts of Spain and southern France, that was colonized by "the Spanish State."
Some local politicians worry that the insistence on Basque language makes any type of reconciliation between separatists and Spain impossible. "Everything young Basques later encounter in life -- like the fact they live in Spain -- then appears to be an imposition from Madrid," says Santiago Abascal, a regional deputy from the Popular Party who campaigns against the linguistic policy. "That creates frustration that keeps violence bubbling in the Basque Country," he says.
But back in the classroom, most of the frustration seems to be with the dense grammar, forthcoming exams, and the difficulty of finding quality shows on Basque TV.
Arantza Goikolea, Ms. Esquivias's teacher, leads a class through an exercise about their daily routines. Tamara Alende, 25, watches a lot of TV at night, she says in pidgin Euskera.
"Basque shows?" asks Ms. Goikolea. Ms. Alende lowers her head and turns red. "No, Spanish series," she mumbles, to a chorus of boos from the teacher and the rest of the class.
Write to Keith Johnson at keith.johnson@wsj.com
Corrections & Amplifications:
Spain's Basque Country, at its widest point, spans approximately 85 miles, or 136.8 kilometers. A map that accompanied a previous version of this article had an incorrect scale.
A previous version of this article contained several translation errors. The word for donkey herder is astazain, not ahuntzain; the word for pig herder is urdain, not artzain; and a cowboy is a behizain, not an urdain.
________________________________________________________________________________
GRAMMAR LESSONS
The Basque language, or Euskera, has no relationship to Indo-European languages, and has its own particular grammar. Some key differences with Spanish or English: There is no gender, or separate prepositions, and it is a heavily inflected language. The same noun phrase can have 68 basic forms, depending on case, number, etc.
Examples:
1. She bought me the tickets for the game.
Berak erosi zizkidan partidurako sarrerak.
-- Prepositions are included with word endings, as in Latin. The "-rako" ending of "game" means "for the."
-- "Berak" is the same whether "he" or "she" bought the tickets.
2. I told him not to drink it because it was too hot.
Nik ez edateko esan nion, oso bero zegoelako.
-- The "-k" marker is very characteristic of Euskera, used for plurals and direct objects.
-- "Elako" means "because" and goes at the end of "hot."
3. So in the end, are you going to the fiestas in Pamplona?
Azkenean joango zara iruñeko jaietara?
-- "Iruña" is Basque for "Pamplona," while "etara" means "to the (plural) fiestas."Source: WSJ research, AEK Euskaltegi (Bilbao)
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Pourquoi je choisis Nicolas Sarkozy
Por André Glucksmann. De Mao a Sarko. Un artículo que detecta muy bien algunos vicios de la intelligentsia izquierdista. Publicado en Le Monde el 30 de enero de 2007.
La surprise de la présidentielle a eu lieu. Avant d'aller voter, les Français vivent une mutation mentale. Les sondages varient, le score reste imprévisible, mais partout perce le rejet d'une France figée en musée-hôpital et livrée aux infections nosocomiales : égoïsmes, discrimination, fureurs, dépression.
Ségolène Royal et Nicolas Sarkozy ont peu de chose en commun, sinon l'âge, mais furent tous deux plébiscités par une base réfractaire aux encadrements traditionnels et aux doctrines surannées. On ne vote plus socialiste ou gaulliste, on veut élire un sursaut. A Paris, les SDF gèlent en hiver depuis un quart de siècle. Soudain ils apparaissent, les tentes crèvent les yeux, l'opinion s'en mêle et le gouvernement s'y met. Pourquoi pas avant ? Comme en février 1954, les Français sentent qu'il n'est plus temps de donner du temps au temps. "Il a suffi qu'un homme agisse en dehors des chemins officiels pour que les Français marchent, mais il a fallu aussi le froid. Sans le froid, pas d'abbé Pierre !... Quand la France aura froid, je pourrai agir, moi aussi." (De Gaulle). Une France lucide a de nouveau "froid", moment gaullien où il convient d'oser penser, fût-ce contre ses propres certitudes, puis d'oser entreprendre.
La bataille des idées est un fait accompli... A droite étrangement. Le débat Sarkozy-Villepin, plus qu'une querelle d'ego, illustre l'affrontement de deux visions de la France et du monde. Mouvement contre conservatisme. Sarkozy rompt clairement avec cette droite habituée à cacher son vide derrière de grands concepts pontifiants. Exemple : en prônant la discrimination positive, qui contrevient à l'égalité virtuelle pour éradiquer les réelles inégalités dues à la couleur de la peau, au domicile et au nom de famille. Ou encore : en théorisant l'aide publique à la construction de mosquées pour éviter aux fidèles de la deuxième religion de France de prier dans des caves ou des locaux offerts par de riches intégristes. Quitte à froisser une conception figée de la laïcité, rappelons qu'en 1905 la France aux dizaines de milliers de clochers ignorait les minarets. La demande a changé, l'offre est restée la même. La société évolue, les principes doivent évoluer avec elle.
La rupture à droite embrasse la politique internationale non moins que l'intérieure. Curieux avatar du "gaullisme", le fétichisme conservateur cultive le primat des Etats, quoi qu'ils fassent. Cette Realpolitik sacrifie notre histoire et notre rayonnement aux intérêts à courte vue de ventes d'armes et de contrats pétroliers. A la chute du mur de Berlin, nos dirigeants firent la moue, puis soutinrent leurs alliés génocidaires du Rwanda et décorèrent Vladimir Poutine de la grand-croix de la Légion d'honneur. Curieuse évolution qui fit de la patrie des droits de l'homme l'apôtre des ordres établis.
Une France généreuse pourtant n'oubliait pas les opprimés : boat people vietnamiens fuyant le communisme, syndicalistes embastillés de Solidarnosc, "folles de Mai" sous le fascisme argentin, Algériennes en butte au terrorisme, torturés chiliens, dissidents russes, Bosniaques, Kosovars, Tchétchènes... Dans nul autre pays, on ne parla autant de ces monstruosités et de ces résistances. La possibilité de s'ouvrir fraternellement au monde est inscrite dans notre patrimoine culturel, voyez Montaigne, voyez Hugo, voyez les French doctors et leurs émules. Aucune fatalité ne condamne nos compatriotes à bouder tous azimuts, à vitupérer le "plombier polonais", à se couper du monde.
Nicolas Sarkozy est le seul candidat aujourd'hui à s'être engagé dans le sillage de cette France du coeur. Il dénonce le martyre des infirmières bulgares condamnées à mort en Libye, les massacres au Darfour et l'assassinat des journalistes, puis énonce une règle de gouvernance fort éloignée de celle de Jacques Chirac. "Je ne crois pas à ce qu'on appelle la Realpolitik qui fait renoncer à ses valeurs sans gagner un seul contrat. Je n'accepte pas ce qui se passe en Tchétchénie, parce que 250 000 Tchétchènes morts ou persécutés ce n'est pas un détail de l'histoire du monde. Parce que le général de Gaulle a voulu la liberté pour tous les peuples et la liberté, ça vaut aussi pour eux... Le silence est complice et je ne veux être complice d'aucune dictature", a déclaré le président de l'UMP le 14 janvier.
Que répond la gauche ? Peu de chose malheureusement. Où se niche le combat d'idées qui fut si longtemps son privilège ? Où s'est égaré l'étendard de la solidarité internationale, fierté autrefois du socialisme français ? Pas question d'incriminer une candidate que je respecte - même si je n'avale pas sa justice chinoise élevée en modèle de célérité. Elle se trouve aux prises avec un vide plus grand qu'elle, n'en déplaise aux commentateurs ou aux jaloux qui fustigent à bon compte sa démarche ou sa personne. La leçon d'avril 2002 n'a débouché sur aucun renouveau conceptuel au PS.
La gauche officielle se croit moralement infaillible et mentalement intouchable. Le Mouvement et la République, c'est elle. Voilà qui était relativement exact jusqu'en 1945. La gauche avait osé les remises en question et mené les combats d'où naquit notre démocratie laïque et sociale. Mais depuis 1945, Vichy ayant enterré la bien-pensance de droite, la gauche professionnelle s'est endormie sur ses lauriers. Elle méprisa les discussions allemandes (autour de Bad Godesberg) ou anglaises (à propos du New Labour), elle ignora l'explosion spirituelle de la dissidence à l'Est, elle se fiche des "révolutions de velours" de Prague à Kiev et Tbilissi.
Marinant dans son narcissisme, elle se trouve fort dépourvue, lorsque Nicolas Sarkozy, prenant à contre-pied son camp, se réclame des révoltés et des opprimés, du jeune résistant communiste Guy Môquet, des femmes musulmanes martyrisées, de Simone Veil abolissant la souffrance des avortements clandestins, de Frère Christian à Tibéhirine comme des républicains espagnols. Au lieu de crier à la captation d'héritage, permettez que je me réjouisse. En retrouvant dans le discours du candidat Hugo, Jaurès, Mandel, Chaban, Camus, je me sens un peu chez moi.
Dans une campagne présidentielle, il est utile d'aligner les confrontations impitoyables. Normal aussi de rappeler les candidats à leurs limites. A condition de ne pas éliminer celui que l'on combat en le rayant de la nation. Comme le fait ce député PS qui vitupère le "néoconservateur américain à passeport français". L'ostracisme et la stigmatisation de l'anti-France furent longtemps l'apanage d'une droite qui n'avait guère d'arguments à opposer aux conquêtes de Blum ou de Salengro. La gauche mérite mieux que cela.
Jamais au cours d'une vie longue et pleine d'engagements, je n'ai pris publiquement parti pour quelque candidat, sauf au deuxième tour de mai 2002. Fils de juifs autrichiens qui combattirent les nazis en France, ce pays est mon choix et la gauche ma famille d'origine. C'est pour elle que, depuis quarante ans, je ferraille contre ses pétrifications idéologiques (soutien à Soljenitsyne, aux dissidents antitotalitaires de l'Est, critique des oeillères marxistes).
J'ai un temps rêvé d'une candidature de Bernard Kouchner, restituant à la gauche française une dimension internationale perdue. Veto d'un PS effrayé par l'audace de l'électron libre. J'aurais aimé un ticket Sarkozy-Kouchner. En prenant position pour le premier, je vais perdre des amis. Ma décision, faite de douleurs anciennes et de perspectives nouvelles, est réfléchie. Je ne partage pas toutes les options du candidat UMP. Exemple : les "sans-papiers", je souhaite une régularisation plus ample, fondée sur des critères d'humanité mieux respectés. Voter n'est pas entrer en religion, c'est opter pour le projet le plus proche de ses convictions.
L'humanisme du XXIe siècle s'abstient d'imposer une idée parfaite de l'homme. Garde-fou contre l'inhumain, en nous et autour de nous, il ne peut se satisfaire de déplorer les victimes et de recenser morts ou laissés-pour-compte. Récusant l'indifférence coupable et la manie doctrinaire, l'humaniste s'obstine - lutte sans cesse recommencée - à "faire barrage à la folie des hommes en refusant de se laisser emporter par elle" (discours du 14 janvier). Le "murmure des âmes innocentes" que Sarkozy entendit à Yad Vashem lui dicte cette définition de la politique. Depuis toujours, c'est ce murmure qui porte ma philosophie.
La surprise de la présidentielle a eu lieu. Avant d'aller voter, les Français vivent une mutation mentale. Les sondages varient, le score reste imprévisible, mais partout perce le rejet d'une France figée en musée-hôpital et livrée aux infections nosocomiales : égoïsmes, discrimination, fureurs, dépression.
Ségolène Royal et Nicolas Sarkozy ont peu de chose en commun, sinon l'âge, mais furent tous deux plébiscités par une base réfractaire aux encadrements traditionnels et aux doctrines surannées. On ne vote plus socialiste ou gaulliste, on veut élire un sursaut. A Paris, les SDF gèlent en hiver depuis un quart de siècle. Soudain ils apparaissent, les tentes crèvent les yeux, l'opinion s'en mêle et le gouvernement s'y met. Pourquoi pas avant ? Comme en février 1954, les Français sentent qu'il n'est plus temps de donner du temps au temps. "Il a suffi qu'un homme agisse en dehors des chemins officiels pour que les Français marchent, mais il a fallu aussi le froid. Sans le froid, pas d'abbé Pierre !... Quand la France aura froid, je pourrai agir, moi aussi." (De Gaulle). Une France lucide a de nouveau "froid", moment gaullien où il convient d'oser penser, fût-ce contre ses propres certitudes, puis d'oser entreprendre.
La bataille des idées est un fait accompli... A droite étrangement. Le débat Sarkozy-Villepin, plus qu'une querelle d'ego, illustre l'affrontement de deux visions de la France et du monde. Mouvement contre conservatisme. Sarkozy rompt clairement avec cette droite habituée à cacher son vide derrière de grands concepts pontifiants. Exemple : en prônant la discrimination positive, qui contrevient à l'égalité virtuelle pour éradiquer les réelles inégalités dues à la couleur de la peau, au domicile et au nom de famille. Ou encore : en théorisant l'aide publique à la construction de mosquées pour éviter aux fidèles de la deuxième religion de France de prier dans des caves ou des locaux offerts par de riches intégristes. Quitte à froisser une conception figée de la laïcité, rappelons qu'en 1905 la France aux dizaines de milliers de clochers ignorait les minarets. La demande a changé, l'offre est restée la même. La société évolue, les principes doivent évoluer avec elle.
La rupture à droite embrasse la politique internationale non moins que l'intérieure. Curieux avatar du "gaullisme", le fétichisme conservateur cultive le primat des Etats, quoi qu'ils fassent. Cette Realpolitik sacrifie notre histoire et notre rayonnement aux intérêts à courte vue de ventes d'armes et de contrats pétroliers. A la chute du mur de Berlin, nos dirigeants firent la moue, puis soutinrent leurs alliés génocidaires du Rwanda et décorèrent Vladimir Poutine de la grand-croix de la Légion d'honneur. Curieuse évolution qui fit de la patrie des droits de l'homme l'apôtre des ordres établis.
Une France généreuse pourtant n'oubliait pas les opprimés : boat people vietnamiens fuyant le communisme, syndicalistes embastillés de Solidarnosc, "folles de Mai" sous le fascisme argentin, Algériennes en butte au terrorisme, torturés chiliens, dissidents russes, Bosniaques, Kosovars, Tchétchènes... Dans nul autre pays, on ne parla autant de ces monstruosités et de ces résistances. La possibilité de s'ouvrir fraternellement au monde est inscrite dans notre patrimoine culturel, voyez Montaigne, voyez Hugo, voyez les French doctors et leurs émules. Aucune fatalité ne condamne nos compatriotes à bouder tous azimuts, à vitupérer le "plombier polonais", à se couper du monde.
Nicolas Sarkozy est le seul candidat aujourd'hui à s'être engagé dans le sillage de cette France du coeur. Il dénonce le martyre des infirmières bulgares condamnées à mort en Libye, les massacres au Darfour et l'assassinat des journalistes, puis énonce une règle de gouvernance fort éloignée de celle de Jacques Chirac. "Je ne crois pas à ce qu'on appelle la Realpolitik qui fait renoncer à ses valeurs sans gagner un seul contrat. Je n'accepte pas ce qui se passe en Tchétchénie, parce que 250 000 Tchétchènes morts ou persécutés ce n'est pas un détail de l'histoire du monde. Parce que le général de Gaulle a voulu la liberté pour tous les peuples et la liberté, ça vaut aussi pour eux... Le silence est complice et je ne veux être complice d'aucune dictature", a déclaré le président de l'UMP le 14 janvier.
Que répond la gauche ? Peu de chose malheureusement. Où se niche le combat d'idées qui fut si longtemps son privilège ? Où s'est égaré l'étendard de la solidarité internationale, fierté autrefois du socialisme français ? Pas question d'incriminer une candidate que je respecte - même si je n'avale pas sa justice chinoise élevée en modèle de célérité. Elle se trouve aux prises avec un vide plus grand qu'elle, n'en déplaise aux commentateurs ou aux jaloux qui fustigent à bon compte sa démarche ou sa personne. La leçon d'avril 2002 n'a débouché sur aucun renouveau conceptuel au PS.
La gauche officielle se croit moralement infaillible et mentalement intouchable. Le Mouvement et la République, c'est elle. Voilà qui était relativement exact jusqu'en 1945. La gauche avait osé les remises en question et mené les combats d'où naquit notre démocratie laïque et sociale. Mais depuis 1945, Vichy ayant enterré la bien-pensance de droite, la gauche professionnelle s'est endormie sur ses lauriers. Elle méprisa les discussions allemandes (autour de Bad Godesberg) ou anglaises (à propos du New Labour), elle ignora l'explosion spirituelle de la dissidence à l'Est, elle se fiche des "révolutions de velours" de Prague à Kiev et Tbilissi.
Marinant dans son narcissisme, elle se trouve fort dépourvue, lorsque Nicolas Sarkozy, prenant à contre-pied son camp, se réclame des révoltés et des opprimés, du jeune résistant communiste Guy Môquet, des femmes musulmanes martyrisées, de Simone Veil abolissant la souffrance des avortements clandestins, de Frère Christian à Tibéhirine comme des républicains espagnols. Au lieu de crier à la captation d'héritage, permettez que je me réjouisse. En retrouvant dans le discours du candidat Hugo, Jaurès, Mandel, Chaban, Camus, je me sens un peu chez moi.
Dans une campagne présidentielle, il est utile d'aligner les confrontations impitoyables. Normal aussi de rappeler les candidats à leurs limites. A condition de ne pas éliminer celui que l'on combat en le rayant de la nation. Comme le fait ce député PS qui vitupère le "néoconservateur américain à passeport français". L'ostracisme et la stigmatisation de l'anti-France furent longtemps l'apanage d'une droite qui n'avait guère d'arguments à opposer aux conquêtes de Blum ou de Salengro. La gauche mérite mieux que cela.
Jamais au cours d'une vie longue et pleine d'engagements, je n'ai pris publiquement parti pour quelque candidat, sauf au deuxième tour de mai 2002. Fils de juifs autrichiens qui combattirent les nazis en France, ce pays est mon choix et la gauche ma famille d'origine. C'est pour elle que, depuis quarante ans, je ferraille contre ses pétrifications idéologiques (soutien à Soljenitsyne, aux dissidents antitotalitaires de l'Est, critique des oeillères marxistes).
J'ai un temps rêvé d'une candidature de Bernard Kouchner, restituant à la gauche française une dimension internationale perdue. Veto d'un PS effrayé par l'audace de l'électron libre. J'aurais aimé un ticket Sarkozy-Kouchner. En prenant position pour le premier, je vais perdre des amis. Ma décision, faite de douleurs anciennes et de perspectives nouvelles, est réfléchie. Je ne partage pas toutes les options du candidat UMP. Exemple : les "sans-papiers", je souhaite une régularisation plus ample, fondée sur des critères d'humanité mieux respectés. Voter n'est pas entrer en religion, c'est opter pour le projet le plus proche de ses convictions.
L'humanisme du XXIe siècle s'abstient d'imposer une idée parfaite de l'homme. Garde-fou contre l'inhumain, en nous et autour de nous, il ne peut se satisfaire de déplorer les victimes et de recenser morts ou laissés-pour-compte. Récusant l'indifférence coupable et la manie doctrinaire, l'humaniste s'obstine - lutte sans cesse recommencée - à "faire barrage à la folie des hommes en refusant de se laisser emporter par elle" (discours du 14 janvier). Le "murmure des âmes innocentes" que Sarkozy entendit à Yad Vashem lui dicte cette définition de la politique. Depuis toujours, c'est ce murmure qui porte ma philosophie.
Razones para no decidir con prisas
Sobre la vacuna contra el virus del papiloma humano, su oportunidad y las políticas de salud pública. Publicado en El País, 6 de noviembre de 2007.
Recientemente, el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud (SNS) ha dado luz verde a la inclusión en el calendario vacunal en España, con cargo al sistema sanitario público, de la vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH). Esta decisión se ha tomado a pesar del alto precio de las dosis y de las dudas más que razonables sobre su eventual capacidad y eficiencia para prevenir un número sanitariamente relevante de muertes por cáncer de cérvix en mujeres españolas comparado con las actuales prácticas preventivas.
Si la vacuna se aplicara a partir del año que viene supondría sólo en costos de compra del producto (464,58 euros por persona) -sin tener en cuenta el aparato logístico que deberá desarrollarse ex novo para alcanzar una cobertura significativa en cada cohorte de niñas- en torno a unos 125 millones de euros anuales. Para cuando se empiecen a prevenir los primeros casos de cáncer de cuello uterino, dentro de al menos 30 años, el SNS se habrá gastado unos 4.000 millones de euros. Prevenir una sola muerte por cáncer de cérvix entonces habrá costado al SNS ocho millones de euros, sin ahorrar un solo euro en el dispositivo actual de detección precoz por citología y tratamiento, pues se recomienda seguir desarrollando estas prácticas aun en poblaciones vacunadas.
Lo abultado de las cifras arroja serias dudas sobre el coste oportunidad de la medida. Con esta cuantiosa inversión, ¿cuántas otras iniciativas en prevención o atención sanitaria se podrían hacer y no se harán? ¿Qué se dejará de hacer de lo que ya se hace, para nivelar los presupuestos?
Los altísimos costes de la vacunación, atacan a la sostenibilidad financiera no sólo del calendario vacunal español, sino de todo el sistema de servicios de salud publica. Sin embargo, el coste no es el único problema grave: la vacuna del VPH ha sido promocionada ante la opinión pública, los sanitarios y los decisores políticos como una vacuna eficaz en la prevención del cáncer de cuello uterino y el sufrimiento que acarrea en las mujeres, cuando esto no es cierto. Sencillamente, esta evidencia científica aún no existe.
Los ensayos sobre la vacuna no han podido ver su efecto en la prevención del cáncer, ya que éste tarda mucho en desarrollarse; además, hay posibilidades reales, comprobadas, de cortar el proceso antes de que el cáncer se desarrolle, tanto mediante la inmunidad natural como con el cribado de lesiones precancerosas y su tratamiento. El ensayo que más tiempo de seguimiento ha tenido hasta ahora ha sido de seis años (y es un ensayo de fase II) y el ensayo en fase III con mayor seguimiento hasta ahora tiene tan sólo tres años. Dado que el cáncer que se pretende prevenir tarda 30, 50 o más años en desarrollarse, la brevedad de los ensayos es obvia. Por tanto, hará falta aún bastante tiempo para ver si las personas vacunadas en los ensayos clínicos desarrollan o no menos cánceres que las no vacunadas. En países como España, con una incidencia del problema tan baja, esperar debería ser la conducta lógica.
Ciertamente, con la información disponible es razonable esperar que la vacuna acabe demostrando dentro de años que previene algunos cánceres de cuello uterino. Sin embargo, hay que tener en cuenta los siguientes otros factores: la historia natural de la enfermedad (de evolución lenta), la efectividad de los programas de cribado (alta si el sistema cumple con sus obligaciones), que la vacuna no es efectiva contra todos los serotipos cancerígenos y que España es un país con baja incidencia de cáncer de cérvix. Por todo ello, es probable que en nuestro país el número de cánceres prevenidos no será muy grande.
También se han planteado objeciones razonables relacionadas con la duración de inmunogenicidad -aún no se sabe si serán necesarias dosis de recuerdo o no-, y sobre el comportamiento de los serotipos no incluidos en la vacuna, que quizá ocupen el nicho ecológico de los ahora incluidos. Hay ejemplos recientes de las consecuencias del uso de la vacuna neumocócica sobre la aparición de serotipos no cubiertos con la vacuna que son multirresistentes a los antibióticos y que causan enfermedad neumocócica invasiva.
Ante esta situación de utilidad aún no demostrada, altos costes para el SNS y prevalencia baja, la decisión más racional sería, y es, esperar a que se acumule más evidencia científica.
¿Cómo podemos explicarnos que el SNS no tome la decisión más racional posible cuando se trata de defender el bien público? Obviamente, la industria farmacéutica y especialmente las compañías promotoras llevan años desarrollando estrategias de cooptación y creación de un clima de opinión favorable, exagerando riesgos con el fin de convencernos, primero, de que existía un problema, y de que luego, ellos precisamente tenían la solución. Las estrategias de disease mongering -invención o exageración de enfermedades para introducir luego un producto farmacéutico- han sido criticadas duramente y con toda razón desde la deontología publicitaria, por el abuso de la buena fe y de la aspiración a no sufrir enfermedades que naturalmente tiene la población y los políticos, a menudo, legos en cuestiones sanitarias. El caso que nos ocupa supone la consideración novedosa, muy grave, de que toda infección por VPH es una enfermedad a prevenir, lo que es falso, y, además, con el énfasis, sin duda interesado en la (no demostrada) prevención del cáncer de cérvix en España.
La industria farmacéutica tiene legítimos intereses financieros, pero no todos ni siempre están en sintonía con las necesidades de salud de la población. El escándalo reciente de la terapia hormonal sustitutoria, y la evidencia de que la industria escondió a la opinión pública durante 30 años graves efectos secundarios del tratamiento de una enfermedad previamente inventada, no coloca a este sector en una situación de gran credibilidad pública como garante de nuestra salud.
Por todo lo anterior, los firmantes de este texto pedimos al Ministerio de Sanidad y Consumo y a las consejerías de Salud de las comunidades autónomas una moratoria en la aplicación de la vacuna del VPH. Nadie ha justificado que haya prisa para la aplicación de este nuevo programa; por ello, solicitamos abrir un periodo de reflexión, de seguimiento de los efectos de la vacuna en poblaciones reales y de realización de estudios para conocer el coste-efectividad a medida que haya nuevos datos. Todo ello permitirá solventar las dudas razonables que existen sobre la idoneidad de este programa de vacunación para España.
Carlos Álvarez-Dardet, catedrático de Salud Pública Universidad de Alicante, Director del Journal of Epidemiology and Community Health. Soledad Márquez Calderón, investigadora, Fundación Instituto de Investigación en Servicios de Salud, Sevilla. Beatriz González López-Valcárcel, catedrática de Economía Aplicada Universidad de las Palmas de Gran Canaria. Lucía Artazcoz, investigadora, Centro de Análisis y Programas Sanitarios. Leonor Taboada, periodista Directora de Mujeres y Salud. Ildefonso Hernandez-Aguado, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad Miguel Hernández. Miquel Porta, catedrático de Salud Pública, Instituto Municipal de Investigación Médica y Universidad Autónoma de Barcelona
Recientemente, el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud (SNS) ha dado luz verde a la inclusión en el calendario vacunal en España, con cargo al sistema sanitario público, de la vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH). Esta decisión se ha tomado a pesar del alto precio de las dosis y de las dudas más que razonables sobre su eventual capacidad y eficiencia para prevenir un número sanitariamente relevante de muertes por cáncer de cérvix en mujeres españolas comparado con las actuales prácticas preventivas.
Si la vacuna se aplicara a partir del año que viene supondría sólo en costos de compra del producto (464,58 euros por persona) -sin tener en cuenta el aparato logístico que deberá desarrollarse ex novo para alcanzar una cobertura significativa en cada cohorte de niñas- en torno a unos 125 millones de euros anuales. Para cuando se empiecen a prevenir los primeros casos de cáncer de cuello uterino, dentro de al menos 30 años, el SNS se habrá gastado unos 4.000 millones de euros. Prevenir una sola muerte por cáncer de cérvix entonces habrá costado al SNS ocho millones de euros, sin ahorrar un solo euro en el dispositivo actual de detección precoz por citología y tratamiento, pues se recomienda seguir desarrollando estas prácticas aun en poblaciones vacunadas.
Lo abultado de las cifras arroja serias dudas sobre el coste oportunidad de la medida. Con esta cuantiosa inversión, ¿cuántas otras iniciativas en prevención o atención sanitaria se podrían hacer y no se harán? ¿Qué se dejará de hacer de lo que ya se hace, para nivelar los presupuestos?
Los altísimos costes de la vacunación, atacan a la sostenibilidad financiera no sólo del calendario vacunal español, sino de todo el sistema de servicios de salud publica. Sin embargo, el coste no es el único problema grave: la vacuna del VPH ha sido promocionada ante la opinión pública, los sanitarios y los decisores políticos como una vacuna eficaz en la prevención del cáncer de cuello uterino y el sufrimiento que acarrea en las mujeres, cuando esto no es cierto. Sencillamente, esta evidencia científica aún no existe.
Los ensayos sobre la vacuna no han podido ver su efecto en la prevención del cáncer, ya que éste tarda mucho en desarrollarse; además, hay posibilidades reales, comprobadas, de cortar el proceso antes de que el cáncer se desarrolle, tanto mediante la inmunidad natural como con el cribado de lesiones precancerosas y su tratamiento. El ensayo que más tiempo de seguimiento ha tenido hasta ahora ha sido de seis años (y es un ensayo de fase II) y el ensayo en fase III con mayor seguimiento hasta ahora tiene tan sólo tres años. Dado que el cáncer que se pretende prevenir tarda 30, 50 o más años en desarrollarse, la brevedad de los ensayos es obvia. Por tanto, hará falta aún bastante tiempo para ver si las personas vacunadas en los ensayos clínicos desarrollan o no menos cánceres que las no vacunadas. En países como España, con una incidencia del problema tan baja, esperar debería ser la conducta lógica.
Ciertamente, con la información disponible es razonable esperar que la vacuna acabe demostrando dentro de años que previene algunos cánceres de cuello uterino. Sin embargo, hay que tener en cuenta los siguientes otros factores: la historia natural de la enfermedad (de evolución lenta), la efectividad de los programas de cribado (alta si el sistema cumple con sus obligaciones), que la vacuna no es efectiva contra todos los serotipos cancerígenos y que España es un país con baja incidencia de cáncer de cérvix. Por todo ello, es probable que en nuestro país el número de cánceres prevenidos no será muy grande.
También se han planteado objeciones razonables relacionadas con la duración de inmunogenicidad -aún no se sabe si serán necesarias dosis de recuerdo o no-, y sobre el comportamiento de los serotipos no incluidos en la vacuna, que quizá ocupen el nicho ecológico de los ahora incluidos. Hay ejemplos recientes de las consecuencias del uso de la vacuna neumocócica sobre la aparición de serotipos no cubiertos con la vacuna que son multirresistentes a los antibióticos y que causan enfermedad neumocócica invasiva.
Ante esta situación de utilidad aún no demostrada, altos costes para el SNS y prevalencia baja, la decisión más racional sería, y es, esperar a que se acumule más evidencia científica.
¿Cómo podemos explicarnos que el SNS no tome la decisión más racional posible cuando se trata de defender el bien público? Obviamente, la industria farmacéutica y especialmente las compañías promotoras llevan años desarrollando estrategias de cooptación y creación de un clima de opinión favorable, exagerando riesgos con el fin de convencernos, primero, de que existía un problema, y de que luego, ellos precisamente tenían la solución. Las estrategias de disease mongering -invención o exageración de enfermedades para introducir luego un producto farmacéutico- han sido criticadas duramente y con toda razón desde la deontología publicitaria, por el abuso de la buena fe y de la aspiración a no sufrir enfermedades que naturalmente tiene la población y los políticos, a menudo, legos en cuestiones sanitarias. El caso que nos ocupa supone la consideración novedosa, muy grave, de que toda infección por VPH es una enfermedad a prevenir, lo que es falso, y, además, con el énfasis, sin duda interesado en la (no demostrada) prevención del cáncer de cérvix en España.
La industria farmacéutica tiene legítimos intereses financieros, pero no todos ni siempre están en sintonía con las necesidades de salud de la población. El escándalo reciente de la terapia hormonal sustitutoria, y la evidencia de que la industria escondió a la opinión pública durante 30 años graves efectos secundarios del tratamiento de una enfermedad previamente inventada, no coloca a este sector en una situación de gran credibilidad pública como garante de nuestra salud.
Por todo lo anterior, los firmantes de este texto pedimos al Ministerio de Sanidad y Consumo y a las consejerías de Salud de las comunidades autónomas una moratoria en la aplicación de la vacuna del VPH. Nadie ha justificado que haya prisa para la aplicación de este nuevo programa; por ello, solicitamos abrir un periodo de reflexión, de seguimiento de los efectos de la vacuna en poblaciones reales y de realización de estudios para conocer el coste-efectividad a medida que haya nuevos datos. Todo ello permitirá solventar las dudas razonables que existen sobre la idoneidad de este programa de vacunación para España.
Carlos Álvarez-Dardet, catedrático de Salud Pública Universidad de Alicante, Director del Journal of Epidemiology and Community Health. Soledad Márquez Calderón, investigadora, Fundación Instituto de Investigación en Servicios de Salud, Sevilla. Beatriz González López-Valcárcel, catedrática de Economía Aplicada Universidad de las Palmas de Gran Canaria. Lucía Artazcoz, investigadora, Centro de Análisis y Programas Sanitarios. Leonor Taboada, periodista Directora de Mujeres y Salud. Ildefonso Hernandez-Aguado, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad Miguel Hernández. Miquel Porta, catedrático de Salud Pública, Instituto Municipal de Investigación Médica y Universidad Autónoma de Barcelona
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